Gonzalo Arango
Un aficionado registró la organización (y el desorden) que representa encausar a una multitud, y desnuda.
¿Será que algún día la sociedad colombiana tendrá la libertad suficiente para hacer algo igual (si Tunick u otro decide venir)?. Voy más lejos: ¿es imaginable eso en la cosmopolita [mojigata y provinciana] "ciudad empresarial de grandes rascacielos"?
Érase una vez un inglés que trabajaba en la oficina londinense de una corporación multinacional estadounidense. Una noche se dirigió a su casa en su automóvil japonés. Su esposa, que trabajaba en una empresa dedicada a la importación de equipos alemanes de cocina, ya estaba en casa, pues su auto compacto italiano avanzaba más rápidamente entre el tráfico. Después de una cena que incluyó cordero de Nueva Zelanda, zanahorias californianas, miel mexicana, queso francés y vino español, se sentaron a ver un programa en su televisor fabricado en Finlandia. El programa era una celebración retrospectiva de la guerra de las islas Malvinas. Mientras lo veían, se sintieron profundamente patriotas y orgullosos de ser ingleses.
Raymond Williams
donde nace la quebrada,
había un bosque muy bonito
y el agua nunca faltaba.
Pero un hombre irresponsable,
tumbó el monte y lo quemó,
ya no hay pájaros ni leña,
la cañada se secó.
La gente al verse sin agua,
bastante árboles sembró,
volvieron los pajaritos
y el agua también volvió.
Londres. Palacio del Parlamento Inglés, sobre el Támesis
Años cincuenta
Sir Winston Churchill, el reputado Premier inglés a quien Mauricio Vargas califica de " viejo cascarrabias", realiza la inducción a la vida parlamentaria a un novel diputado. Recorren el edificio, le enseña la arquitectura y, de paso, se jacta de la grandeza del sistema político británico. -Apreciable incluso artísticamente- dice. Se adentran en las oficinas y dependiencias, el salón principal; le enseña la manera en la que se organizan los partidos en las sesiones y, en general, el funcionamiento del parlamento.
Estando en el salón principal, situados en uno de los apartados con asientos para los parlamentarios, dice el jovencito:
— A ver si entendí bien. En este lado nos ubicamos nosotros y allá -señalando los estrados de enfrente- se sitúan los enemigos.
— No; replica Churchill. Allá (en el lado opuesto al de ellos) están los opositores. Aquí -sentándose en el lugar en el que están- se ubican nuestros enemigos.
post scriptum. ¿Quién nos ronda? ¿Dónde están los enemigos? ¿Son realmente uribistas los uribistas?
La niña que me gusta tiene los ojos pequeños y pícaros, una boquita roja bien definida y una nariz pequeña que encanta ("se le pierde la naricita cuando sonríe", como dice mi abuelita)
La niña que me gusta tiene la piel blanca como leche y una hija, nuestra, color chocolate y de ojos miel.
La niña que me gusta tiene unas piernas únicas. Cuando usa falda, atraen; son hermosas. Sus pies me gustan por tiernos; tiene unos dedos como niños, juguetones. Ella no deja que se los toquen, pero yo disfruto sólo con verlos.
La niña que me gusta cuenta historias, tiene muchas historias por contar. Y escucha las mías, es gran oyente; aunque no son divertidas.
La niña que me gusta es pequeña pero su espírítu inmenso. Ella no lo sabe, pero cuando descubra su potencial va a volar alto, mucho, como merece; ojalá no todavía para que no se de cuenta de que a la niña que me gusta la amo porque ella, para mí, es inalcanzable.
Marguerite Yourcenar
Bajaba por la calle Ayacucho, en el cruce con El Palo, llegando a la iglesia en la que se encuentra medio Medellín: la de San José. Al pasar en mitad de cuadra, en la entrada destartalada y envecejecida del "Fotoestudio Yepes" me percaté de unos tacones en el suelo y unos piernas al aire agitándose como las de un bebé en berrinche. Al acercarme, la vi intentar pararse.
Podría tener 25 años, quizá menos, pero aparentaba más edad. Su pelo negro, despeinado, y sus ojos maquillados a lo más, con exceso de pestañina. Su cara reflejaba una vida vivida prematuramente. Era de ese tipo de mujeres que, sin uno saberlo lo sabes, que sólo andan con hombres casados, que buscan una estabilidad inestable en relaciones callejeras.
Él, un tipo de unos cuarenta años, bajito, barrigón y con esa cara de típico hombre machista colombiano, la estrujaba mientras ella intentaba pararse. Trataba de recoger sus tacones pero no mostraba afán por irse. Él tampoco mostraba empeño en violentarla, sólo la lanzaba contra el suelo. Quizá prefería verla a sus pies que enfrentarla en igualdad, quizá no valía la pena hacerle reclamos de manera más vehemente.
Dos policías, juntos a ellos, veían la escena mientras trataban de disuadir al señor, que no se inmutaba ante los uniformados mientras la mujer se paraba y continuamente volvía al suelo. En uno de esos intentos se acercó a él, "Es un hijueputa", fue todo lo que le escuché decir como hablándole a los policías. Ya al pararse, estos se interpusieron entre el hombre y ella para evitarle ir al suelo otra vez.
Mientras, yo seguía mi camino al Metro, aún faltaban varias cuadras. Supongo que fue un lío entre amantes, quizá ella se tomó un café con otro o de pronto fue el quien resultó increpado. De cualquier modo, ella mostraba indignación por el maltrato pero jamás trató de escapar o defenderse. Y lo buscaba, siempre se acercaba a él.
Es probable, si los policías actuaron, que el tipo haya dormido aquella noche en la estación. Ya debe estar estar afuera. Y ella, ella está con él de nuevo.
Agúzate Peralta que voy a escribir...Fernando Vallejo
