Estaba caminando rumbo a casa, de noche, como siempre. Yo lo sentía, lo presentía sin saberlo. El hombre estaba en la otra esquina, a sólo unos metros, y me miraba. Me miraba como quien sabe algo. No me intimidaba pero sí me mantenía expectante. Sin dejar de recoger los cartones y el material de reciclaje que organizaba en sus manos, se acercó a mí. No era alto, pero lo parecía por su postura; no era viejo pero se notaba la experiencia y la crudeza de su oficio en su rostro. Señalándome con su mano derecha, sus dedos largos pero encorvados reptaban hacia mí. ¿Cómo se llama?, dijo. Mauricio, repliqué yo. No usted. Ella ¿Cómo se llama?, volvió a preguntar. Sin saber de quién me hablaba miré alrededor sin encontrar alguna mujer a la que yo pudiera conocer. ¿Quién?, pregunté un poco consternado. Bajando su mano dijo: -Ella, en la que está pensando, la tiene hasta en la cara. Ya un poco asombrado por la seguridad con la que me hablaba sólo dije, Perla Cecilia. El tipo me extendió su mano y con un fuerte apretón, dijo finalmente: -Eso es duro, ¡no sabré yo de estar enamorado...! Pero ese brillo en los ojos lo vale; saber que ella piensa en uno pero que nunca se va a dar cuenta de que es uno el que se deshace por ella. Disfrútelo, disfrute ante todo. Con esa despedida, siguió su camino con sus cartones y yo el mío. Llegué a casa, lunes a las ocho de la noche. ¿Es que eso se nota?

He aquí el amor

"Ella sabía lo que a él le molestaba y él sabía lo que a ella le dolía. Los dos se amaban, como se aman los esclavos: con temor. Él, de vez en cuando, le decía que la amaba, y ella algunas veces, se hacía la que lo escuchaba.

Pasaron así 1095 días siendo infelices casi siempre, y casi a gusto de vez en cuando. Al llegar el día número 1096, él le dijo que ya no le quería hacer más daño y ella no le respondió; él sabía que eso era sólo una excusa, mala, por cierto, ya que a él le fascinaba que a ella le doliera.

Ella, por su parte, seguía en silencio y él se molestó… se molestó tanto, que decidió no marcharse para seguir haciendo lo que a ella más le dolía, sólo porque ella acababa de hacer lo que a él más le molestaba.

He aquí el 'amor', terminó diciendo el poeta después de escribir esas líneas; un instante después, se paró y fue a hacerle la vida infeliz a la mujer que amaba, ya que sabía perfectamente lo que a ella le dolía"

AnGeLuS, Colombia.

Little Rock

I

Y habrá en cada pupitre

de cada niño negro,

tinta de sangre, lápices de fuego.

Así­, es el sur, su látigo no cesa.

II

En aquel mundo faubus,

bajo aquel duro cielo faubus de gangrena

los niños negros pueden

con ir con los blancos a la escuela.

O bien quedarse suavemente en casa

o bien (nunca se sabe)

dejarse golpear hasta el martirio

o bien no aventurarse por las calles

o bien morir a bala y a saliva,

o no silbar al paso de una muchacha blanca

III

Ahora pensad lo que sería,

el mundo todo sur,

el mundo todo sangre y todo látigo,

el mundo todo escuela de blancos para blancos,

el mundo todo Rock y todo Little,

el mundo todo yanqui, todo faubus.

Pensad por un momento,

imaginadlo un solo instante
Nicolás Guillén

En el año dos mil cinco de la gracia del señor, declaro en esta breve epístola mi sentimiento de corazón. Voy a decir lo que siento, voy a hablar de lo que pienso; es que te voy a revelar algo de mis sentimientos. Y de leerlo (o saber entenderlo), a libre albedrío queda, pues como dicen en mi tierra [¿qué es lo que dicen en mi tierra?] ¡Ah! que aquel, el que calla, otorga; entonces te vas a enterar. Pero si ni aún así interesa, al cabo que ni me importa, porque de cualquier manera me voy a expresar, igual: Cuando estoy en mis excesos, contigo, en grande emoción, quisiera con embelesos arrancarte el corazón, arrancarte el corazón, y comérmelo a besos