Hace unos días estuve en la capital. Mis vagancias por el altiplano centroandino colombiano me llevaron a volver a ver paisajes que son muy bellos para la fotografía, para recorrerlos y para recordarlos; mucho más si se tiene la compañía que añoramos, aunque no siempre sea así.
 
En esas andadas, el espíritu emprendedor antioqueño (...el hacha que mis mayores me dejaron por herencia...) empezó a aflorar desde el primer contacto con Bogotá, pues ya en la llegada exploré los cinco módulos que componen la pentagonal Terminal de Transportes de la capital.

Sin embargo, mi sed de conquista tuvo su culmen al ir en busca de El Dorado, el legendario tesoro americano al que tantos esfuerzos dedicaron los conquistadores de Jiménez de Quesada. Al estar en estas llanuras de Sesquilé, el municipio en cuyas tierras se ubica la cuna de la leyenda, la laguna de Guatavita, se  percibe el letargo del tiempo allí pasante, propio de los lugares con profundas raíces ancestrales indígenas. La tranquilidad de los paisajes y la frescura del aire se compadecen de la historia muisca que guarda el lugar, y contrasta profundamente con la frenética vida bogotana.

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Vista del paisaje de la región del origen muisca: belleza fría, pero no frialdad en la belleza.

La historia presenta paradojas recurrentes, como aquella que se deriva de la apropiación y pertenencia de lugares históricos, rituales o de gran interés público. A la manera de la vieja deuda ya saldada en nuestra tierra antioqueña, en Cundinamarca la laguna de Guatavita está en jurisdicción de Sesquilé y no del vecino municipio de Guatavita (a la manera de lo sucedido aquí, donde la Piedra de El Peñol pertenece a Guatapé).

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Guatavita, el pueblo. Reasentado para dar paso a un embalse (el asentamiento original yace bajo las aguas), debió reconstruir su historia con el legado de una laguna que no le pertenece. Paradojas.
 
En fin, al llegar a la reserva donde se ubica la laguna, y tras un curioso recorrido con una guía que me acompañó en el camino dando información histórica -pero no te lleva hasta la laguna-, logré sentir que afloraba ese engendro ambicioso que todo "paisa" lleva en sus entrañas: al estar frente a esa masa de agua en la cima de la montaña, allí, comprendí porqué un grupo de alemanes (¿irraccionales?) intentó drenar la laguna para desecarla y así extraer el oro que, según la tradición, está en el fondo de la laguna producto de los baños que se daba el Zipa en ofrenda a la diosa del agua.



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Panorámica de Guatavita, la legendaria laguna sagrada

Pero aún sin el oro, la sola sensación de estar allí, dominando la laguna que representa la conjunción entre dioses, el cielo y la tierra y en la mitad los hombres, uno quiere creer que esa energía está allí presente y contagiarse.

Para mí, en mi exigua existencia, hay ya una diosa (¿del agua?) que me acompaña y a la que estoy dispuesto a ofrecerle en ritual mi cuerpo y espíritu para conectarme con ella, aquí o allí en la laguna.
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Para mí, en mi exigua existencia, hay ya una diosa (¿del agua?) que me acompaña y a la que estoy dispuesto a ofrecerle en ritual mi cuerpo y espíritu para conectarme con ella, aquí o allí en la laguna.

Comments (1)

On sábado, enero 10, 2009 11:28:00 a. m. , David Castillo dijo...

hola, me gustan las fotos que tienes de la laguna de guatavita y el pueblo, quisiera saber si puedo usarlas en una multimedia que estoy haciendo de bogotá y sus alrededores??